¡Compasión Humana!
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REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO
San Mateo 8, 5-11
Lecturas del día de Hoy:
Primera Lectura: Isaías 4, 2-6
Aquel día el germen de Yahveh será magnífico y glorioso, y el fruto de la tierra será la prez y ornato de los bien librados de Israel.
A los restantes de Sión y a los que quedaren de Jerusalén, se les llamará santos: serán todos los apuntados como vivos en Jerusalén.
Cuando haya lavado el Señor la inmundicia de las hijas de Sión, y las manchas de sangre de Jerusalén haya limpiado del interior de ella con viento justiciero y viento abrasador, creará Yahveh sobre todo lugar del monte de Sión y sobre toda su reunión, nube y humo de día, y resplandor de fuego llameante de noche. Y por encima la gloria de Yahveh será toldo y tienda para sombra contra el calor diurno, y para abrigo y reparo contra el aguacero y la lluvia.
Palabra de Dios. Te alabamos Señor.
Salmo de Hoy:
Salmo 122(121), 1-2.4-5.6-7.8-9 (R. cf. 1)
Vamos alegres a la casa del Señor.
¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.
Vamos alegres a la casa del Señor.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor,
según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David.
Vamos alegres a la casa del Señor.
Desead la paz a Jerusalén:
«Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios.»
Vamos alegres a la casa del Señor.
Por mis hermanos y compañeros,
voy a decir: «La paz contigo.»
Por la casa del Señor, nuestro Dios,
te deseo todo bien.
Vamos alegres a la casa del Señor.
Evangelio de Hoy:
Lectura del Santo Evangelio según san Mateo 8, 5-11:
En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole:
– «Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho.»
Jesús le contestó:
– «Voy yo a curarlo.»
Pero el centurión le replicó:
– «Señor, no soy quien para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: «Ve», y va; al otro: «Ven», y viene; a mi criado: «Haz esto», y lo hace.»
Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían:
– «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos.»
Palabra de Dios. Gloria a ti Señor Jesús.
Description
TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES
¡Compasión Humana!
Comenzamos en firme con este nuevo mes, el llamado tiempo del Adviento preparatorio a la Navidad, al nacimiento de Jesús que celebramos en la liturgia y que constituye un acontecimiento extraordinario de salvación. Porque no es solamente un recuerdo muerto del pasado, sino la actualización de una experiencia viva en el presente. Sentir que Jesús nace en nuestro corazón, pero para ello, por la lectura meditada de la Palabra de Dios, por la vida sacramental, aprendemos a vivir este tiempo preparatorio para que en verdad podamos decir el 25 de diciembre ¡Feliz Navidad!, esto es ¡Feliz Nacimiento de Jesús, de Jesús Salvador en tu alma, en tu corazón, en tu vida!
El Adviento implica tres momentos o tres actitudes de parte personal.
La primera, la fe y la vigilancia. Por la fe no entendamos solamente admitir algunas verdades o proposiciones contenidas en el Credo; sino la percepción y el conocimiento de la presencia misteriosa de Dios en los sacramentos de la Iglesia, en la Palabra que meditamos cada día, en la asamblea o reunión de creyentes, de cristianos y en el testimonio de cada uno de los bautizados. Y por vigilancia no debe entenderse solamente como la defensa del mal que nos acecha; sino como la expectación confiada, alegre, gozosa de Dios que nos salva y nos libera de ese mal.
Pero además de esa primera actitud de fe y de vigilancia en este Adviento, necesitamos una segunda actitud de hambre o de pobreza espiritual. Es que el Adviento es un tiempo de conversión interior, de cambio de vida, de reorientación de la existencia. Pero para ello se necesita una pobreza espiritual, porque ¿cómo podremos buscar al Señor si no reconocemos que tenemos necesidad de Él? Es que nadie deseará ser liberado si primero no se siente esclavizado, encadenado, oprimido. Por eso la pobreza espiritual es aquella actitud por la cual nos sentimos necesitados de aquel, el Señor que es más fuerte que nosotros e implica esa disposición del corazón para acoger todas y cada una de sus iniciativas.
Finalmente, en este Adviento se nos pide una actitud misionera, apostólica, de presencia en nuestras familias, de presencia en el trabajo, de presencia evangélica entre los amigos, de presencia en el mundo. Como lo recordaba muy bien el numeral 22 de la famosa exhortación ¡Gozo y Esperanza!, del Concilio Vaticano II, “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado, de la Palabra hecha carne”, justamente que va a nacer en nuestra vida este 25 de diciembre lo vamos a celebrar litúrgicamente.
El hombre de todos los tiempos, pero especialmente el de hoy, el del siglo XXI, busca ansiosamente una razón para existir. La multiplicación de relaciones mutuas más allá del progreso técnico, más allá del progreso de la inteligencia artificial. Buscan en el fondo una perfección del hombre en esa realidad del humanismo y la comunión entre los demás. Pero a veces tal vez lo buscamos en lugares equivocados.
Pero más allá de este espíritu propio del Adviento que estamos describiendo en el comienzo de esta reflexión, hablemos del evangelio de hoy en el capítulo 8, versículo 5 al 11 de san Mateo. Cuando un centurión, un hombre que manejaba 100 soldados a su cargo, se acerca a Jesús y le ruega: “Tengo en casa un criado que está en cama, paralítico y sufre mucho”. Encontramos la compasión humana del centurión; pero también la compasión humana de Jesús, que toma la decisión frente al mal de su enfermedad y su parálisis, de ir a la casa de este hombre a sanarlo.
Hoy nuestro mundo ha perdido el sentido de compasión frente al sufrimiento de los demás, frente al dolor de los otros. De hecho, nos hemos tornado indiferentes, indolentes, “sin capacidad de dolor o de lágrimas” como decía en su momento el Papa Francisco porque estamos tan ocupados y preocupados por nuestra vida personal, nuestro éxito profesional, nuestro ascenso económico, nuestro placer propio y el de la familia que olvidamos tantos seres humanos iguales en dignidad a nosotros, imagen de Dios como nosotros. Y sin embargo, los ignoramos porque nos desentendemos de sus sufrimientos y sus dolores.
Justo en este tiempo, cuando recordamos que nos preparamos para vivir el nacimiento espiritual de Jesús en el pesebre más hermoso, nuestro propio corazón, pidamos la capacidad de la compasión, de la misericordia frente al dolor y el sufrimiento de los demás, que tal vez no está en otros países, en otras ciudades; sino que tal vez está muy cerca de ti.
Pero hay una segunda enseñanza que nos deja el evangelio de hoy y es la profunda humildad de este soldado gentil o pagano romano. Y decimos gentil aquel que no es judío. Y decimos pagano aquel que no profesa una fe monoteísta. Y hablamos de la humildad que suplica al Señor Jesús, de la fe total en Jesús y de la apertura a la gracia de Dios.
De hecho, llama a Jesús ¡Señor!, ¡kyrios!, y reconoce que tiene Él el poder para sanar a su criado paralítico. Pero al mismo tiempo con gran humildad le dice: “No soy digno de que entres bajo mi casa, bajo mi techo; basta con que lo digas de palabra y mi criado quedará sano”. Resulta impresionante esta expresión.
Y si el centurión se sorprende porque Jesús, como veremos enseguida, decide ir a su casa. Jesús se admira de la respuesta de fe que da este extranjero y es lo que encontramos en una tercera enseñanza cuando nos dice “que Jesús quedó admirado de las palabras del centurión romano, gentil, no judío”. Y dice a los que le seguían y le escuchan: “En verdad les digo que en todo Israel no he encontrado a nadie con tanta fe”. Y hará una profecía: “Les digo que vendrán muchos de Oriente y de Occidente y se sentarán en el Reino de los cielos con los grandes patriarcas Abrahán, Isaac y Jacob”, hablando de muchos que, sin ser llamados a la fe inicial del pueblo de Israel, la tienen con humildad, con confianza, con apertura a Dios y por eso se ganan la bendición y el favor divinos.
Hoy te invito para que tengamos la fe de aquel hombre romano, del ejército del imperio que manejaba 100 soldados o tropas bajo su autoridad. Y que tengamos la grandeza para decirle al Señor “basta con que tú lo digas de palabra, y mi enfermedad será superada, mi mal quedará atrás, el peligro ya no existirá en mi vida”. Ojalá, Jesús, pudiera decir de ti y de mí “que se admira de nuestra fe”.
Pero recuerden otro pasaje evangélico cuando Jesús afirma “que en su segunda venida y definitiva, al final de la historia, al final de los tiempos, al final del mundo, se pregunta ¿todavía el Hijo de Dios encontrará fe en esta tierra?” Qué tesoro es la fe, qué tesoro es la confianza inclaudicable, irrenunciable en el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, que es capaz de darnos todo, bendecirnos en todo, protegernos y cuidarnos en todo.
Hoy te pregunto ¿tienes una fe grande que te da paz, alegría, fortaleza, libertad interior, porque sientes que no fuiste meramente vomitado a la existencia, como decían los filósofos existencialistas, sino que eres una obra preciosa a los ojos de Dios, creado con cuidado y delicadeza infinita? Esto es la fe, experimentar el amor delicado, tierno, fiel, eterno de Dios por ti y por mí. Y donde otros no nos perdonan, donde otros no nos hablan, donde otros no nos aman. Dios siempre nos perdona, nunca deja de buscarnos y de hablarnos y sobre todo, nunca deja de amarnos.
Comenzamos el tiempo del Adviento, prepárate con las preciosas lecturas de estos días tomadas del profeta poeta Isaías, y de su Palabra aprendamos el amor inquebrantable de Dios por nosotros.
Que el Señor te bendiga en abundancia en este día. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.