¡El dolor de un Rey!

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REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO San Marcos 5, 21-43 Lecturas del día de Hoy: Primera Lectura: 2S 18, 9-10.14b.24-25a.30-19.3: En aquellos días, Absalón fue a dar en un destacamento de David. Iba montado en un mulo, y, al meterse el mulo bajo el ramaje de una encina copuda, se le enganchó a Absalón la cabeza en la encina y quedó colgando entre el cielo y la tierra, mientras el mulo que cabalgaba se le escapó. Lo vio uno y avisó a Joab: -¡Acabo de ver a Absalón colgado de una encina! Agarró Joab tres venablos y se los clavó en el corazón a Absalón. David estaba sentado entre las dos puertas. El centinela subió al mirador de encima de la puerta sobre la muralla, levantó la vista y miró: un hombre venía corriendo solo. El centinela gritó y avisó al rey. El rey dijo: -Retírate y espera ahí. Se retiró y esperó allí. Y en aquel momento llegó el etíope y dijo: -¡Albricias, Majestad! ¡El Señor te ha hecho hoy justicia de los que se habían rebelado contra ti! El rey le preguntó: -¿Está bien mi hijo Absalón? Respondió el etíope: -¡Acaben como él los enemigos de Vuestra Majestad y cuantos se rebelen contra ti! Entonces el rey se estremeció, subió al mirador de encima de la puerta y se echó a llorar, diciendo mientras subía: -¡Hijo mío, Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón! ¡Ojalá hubiera muerto yo en vez de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío! A Joab le avisaron: -El rey está llorando y lamentándose por Absalón. Así la victoria de aquel día fue duelo para el ejército, porque los soldados oyeron decir que el rey estaba afligido a causa de su hijo. Y el ejército entró aquel día en la ciudad a escondidas, como se esconden los soldados abochornados cuando han huido del combate. Palabra de Dios. Te alabamos Señor. Salmo de Hoy: Salmo 86(85), 1-2.3-4.5-6 Inclina tu oído, Señor, escúchame. Inclina tu oído, Señor, escúchame, que soy un pobre desamparado; protege mi vida, que soy un fiel tuyo; salva a tu siervo, que confía en ti. Inclina tu oído, Señor, escúchame. Tú eres mi Dios, piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día; alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia ti. Inclina tu oído, Señor, escúchame. Porque tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan. Señor, escucha mi oración, atiende a la voz de mi súplica. Inclina tu oído, Señor, escúchame. Evangelio de Hoy: Lectura del Santo Evangelio según san Marcos 5, 21-43: En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y al verlo se echó a sus pies, rogándole con insistencia: -Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva. Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba. Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con solo tocarle el vestido, curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio de la gente, preguntando: -¿Quién me ha tocado el manto? Los discípulos le contestaron: -Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: «¿quién me ha tocado?» El seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo. El le dijo: -Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud. Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: -Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro? Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: -No temas; basta que tengas fe. No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga Y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo: -¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta, está dormida. Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos, y con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: -Talitha qumi (que significa: contigo hablo, niña, levántate). La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar -tenía doce años-. Y se quedaron viendo visiones. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña. Palabra de Dios. Gloria a ti Señor Jesús.

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TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES ¡El dolor de un Rey! La impresionante lectura del segundo Libro de Samuel en el capítulo 18 nos muestra la historia del dolor por la traición de un hijo Absalón contra su padre David, y al mismo tiempo la batalla de su padre contra su propio hijo, y la lucha entre defender el reino y proteger su propia sangre. Digámoslo en palabras sencillas, está es la historia de la condición humana, donde se cruzan los intereses por el reino, por el Estado, por la sociedad y los intereses altísimos de la familia, sobre todo cuando se da una insurrección, una rebeldía y si se quiere, una traición contra la autoridad del padre, contra la autoridad del rey. En palabras sencillas decimos que David había dispuesto de manera muy hábil las cosas para que fracasara la insurrección de su hijo Absalón, y había introducido dentro de los consejeros de Absalón a uno de sus fieles servidores que estaban espiando para él. Se trataba de dos sacerdotes, Abiatar y Sadoc, quienes, conociendo los planes del rebelde Absalón, pudieron organizar de manera adecuada la defensa y el contragolpe contra las huestes o los ejércitos del rey David. De hecho, tendremos que decir que el rey no toma parte directa en la formación o dirección de las tropas, sino que sólo da consignas especiales y puntuales a los capitanes del ejército para proceder con moderación cuando capturen, cuando apresen a su hijo el joven Absalón, pero la instrucción precisa es perdonarle la vida. Los planes de Dios no dejan de ser a veces tan dispares con los planes humanos. Y nos cuenta esta primera lectura que entablada la batalla entre el ejército del rey David y el pequeño grupo de rebeldes dirigidos por Absalón, llevaron a un éxito decisivo en las tropas del rey David, y Absalón allí engarzado en la horqueta de unas ramas de un árbol de encina, es rematado por sus enemigos y muere trágicamente. Los enviados del rey, pensando que prestan un gran servicio, conocen la noticia, y prontamente van a contarle de la victoria al rey sobre su hijo traidor. Pero aquí es donde afloran los sentimientos paternales de aquel que en principio miraba a su hijo como un joven rebelde, pero luego siente el dolor por la muerte de él y prorrumpe en lamentos desgarradores. Y dirá el texto ¡Ay, mi hijo Absalón! ¡Ay, hijo mío, Absalón, ojalá yo hubiera muerto en vez de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío! Joab es avisado de que el rey ha caído en una depresión profunda, que llora y se lamenta por Absalón, por su hijo, que le duele profundamente, pero también le hace recapacitar que ante todo debe estar los intereses de la nación y no sus emociones personales de padre, de papá, sobre un hijo traidor. Y David, entonces vuelve a ser lo que era el monarca de Israel. Pero esto nos muestra las batallas que han tenido los gigantes en la Biblia, aún al precio altísimo de verse enfrentados con los sentimientos más delicados, más tiernos, como son los sentimientos de un papá frente a un hijo. Con razón el salmo responsorial de este día nos invita a orar: “Inclina tu oído, Señor, y escúchame, que soy un pobre desamparado; protege mi vida, que soy un fiel tuyo. Salva, Dios mío, a tu siervo que confía en ti; piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día. Alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia ti, porque Tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan. Señor, escucha mi oración, atiende a la voz de mi súplica”. Qué impresionante salmo, nos invita a reconocer el drama del corazón del padre, del rey David, que pone en nuestros labios este salmo litúrgico 85, que es la oración de un hombre desgraciado que, teniéndolo todo, parece no tener nada, y que pide protección divina ante una prueba humana muy difícil. Y se confía ante el Señor, que es bueno y clemente, y sabrá escuchar la oración de aquellos que saben invocarle. Pero pasemos al descriptivo evangelio de Marcos en el capítulo 5, donde nos muestra dos especiales milagros de Jesús sobre dos mujeres, una con 12 años de vida, apenas una niña; otros 12 años enferma, padeciendo flujos de sangre. Una que por sus propios méritos y por su fe personal, pensando que con sólo tocar el borde del manto de Jesús será sanada. Y otra que, por la fe de unos terceros, sus padres, queda restituida y sanada. La batalla de la fe que libra la hemorroísa, o aquella que padecía hemorragias abundantes, y que nos dice el evangelista que se había gastado su plata, su fortuna en médicos, sin poder ser curada, confía totalmente en que, con solo tocar el borde del manto de Jesús, la fuente de sus hemorragias será secada y su cuerpo quedará restablecido y sanado. Es impresionante. Y luego, cuando Jesús siente que una fuerza sanadora sale de sí, pregunta a los suyos ¿quién me ha tocado? Los discípulos no entienden, y lo ven apretujado de la gente que se apiñaba a su alrededor y dicen “¿pues quién te ha tocado?, mira que estás lleno de gente”. Pero Jesús sabía de qué hablaba. Y aquella mujer temblorosa, emocionada, conmovida, una vez sanada, se acerca a Jesús, y más allá del susto, Jesús le dirá: “Tu fe te ha sanado, que te ocurra, según la fe que tienes”. Pero nos presenta cruzado este segundo milagro, una niña que, al parecer con sus 12 años de vida, se había muerto, hablamos de la hija de Jairo, el jefe de la sinagoga judía. Sin embargo, cuando va camino a la casa de la niña, le avisan a Jairo y a Jesús que la niña ha muerto y él se desanima, aparentemente se derrumba. Pero Jesús, por el contrario, le inspira, le anima y le dice: “No tengas miedo, basta con que tengas fe”. Y acompañado de los tres discípulos eternos, Pedro, Santiago y Juan llegan a la casa del jefe de la sinagoga. El alboroto natural de la gente que lloraba y Él al decir: “La niña no está muerta ¿por qué lloran?, la niña está solo dormida”, la gente solo se rió de Él en su incredulidad. Pero Él, sacándolos a todos de la habitación de la niña y entrando solamente con los padres de la supuesta difunta y con Pedro, Santiago y Juan, toma tiernamente a la niña de la mano y le dice: “Talita, cumi”, ¡levántate, contigo hablo niña! Nos dice el evangelista “que la niña inmediatamente se levantó y en la plena flor de su vida, 12 años echó a andar”. El estupor, el asombro, la maravilla, la alabanza, la sorpresa de la gente, no se dejó esperar: “Este era el verdadero Mesías, enviado, ungido de Dios, que tenía que venir a sanar personas y a resucitar muertos”. Dos mujeres, 12 años de enfermedad, 12 años de vida, una sana por su propia fe, otra sana por la fe de sus padres. Y encontramos cómo el Señor sigue haciendo su obra en cientos de personas y hoy la quiere hacer en nosotros si en verdad tenemos fe. Que el buen Dios te bendiga en abundancia en este día. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

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