¡Yo Soy el Pan de la Vida!
Loading...
Date
Authors
Journal Title
Journal ISSN
Volume Title
Publisher
Abstract
REFERENCIA BÍBLICA DEL EVANGELIO
Juan 6, 30-35
Lecturas del día de Hoy:
Primera Lectura: Hechos de los apóstoles 7, 51-8, 1a
En aquellos días, dijo Esteban al pueblo, y a los ancianos y escribas: «¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! Ustedes siempre resisten al Espíritu Santo, lo mismo que sus padres. ¿Hubo un profeta que sus padres no persiguieran? Ellos mataron a los que anunciaban la venida del justo, y ahora ustedes lo han traicionado y asesinado; ustedes recibieron la Ley por mediación de ángeles, y no la han observado.» Oyendo sus palabras, se recomían en sus corazones y rechinaban los dientes de rabia. Esteban, lleno de Espíritu Santo, fijando la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios, y dijo: «Veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios.» Dando un grito estentóreo, se taparon los oídos; y, como un solo hombre, se abalanzaron sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo. Los testigos, dejaron sus capas a los pies de un joven llamado Saulo y se pusieron a apedrear a Esteban, que repetía esta invocación: «Señor Jesús, recibe mi espíritu.» Luego, cayendo de rodillas, y clamando con voz potente dijo: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado.» Y, con estas palabras, murió. Saulo aprobaba su ejecución.
Palabra de Dios. Te alabamos Señor.
Salmo de Hoy:
Salmo 31(30), 3cd-4. 6ab y 7b y 8a. 17 y 21 ab (R. 6a)
A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.
Sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;
por tu nombre dirígeme y guíame.
A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.
A tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás;
yo confío en el Señor.
Tu misericordia sea mi gozo y mi alegría.
A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.
Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.
En el asilo de tu presencia los escondes
de las conjuras humanas.
A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.
Evangelio de Hoy:
Lectura del Santo Evangelio según san Juan 6, 30-35
Yo soy el pan de la vida –dice el Señor–; el que viene a mí no pasará hambre.
En aquel tiempo, dijo la gente a Jesús: «¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “pan del cielo les dio a comer :”» Jesús les replicó: «en verdad, en verdad les digo, no fue Moisés quien les dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo.» Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de este pan.» Jesús les contestó: «Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás.»
Palabra del Señor. Gloria a ti Señor Jesús.
Description
TRANSLITERACIÓN REFLEXIÓN PADRE CARLOS YEPES
¡Yo soy el Pan de la vida!
La primera lectura tomada del Libro de los Hechos de los Apóstoles nos muestra como el fuego y las palabras crudas y directas del joven diácono Esteban en el fondo fueron un firmar una sentencia de muerte frente a sus detractores y una audiencia hostil y cerrada de corazón a sus palabras.
En efecto, dirá Esteban: “Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos; ustedes siempre resisten y rechazan al Espíritu Santo. ¿Acaso hubo un profeta que sus padres no persiguieran? Ellos mataron a los que anunciaban la venida del hombre justo, y ahora ustedes lo han traicionado y asesinado”. Hablando precisamente de la crucifixión de Jesús.
Qué ha dicho Esteban frente a esta audiencia repito, completamente hostil y prevenida frente al fuego, la valentía, la parresía del joven diácono.
Dirá, en efecto, esta primera lectura “que sus oyentes, escuchando sus palabras, se recomían de rabia y furia en su corazón y rechinaban los dientes con ganas de venganza”. ¡Qué impresionante!
Nos dice que Esteban, lleno del Espíritu Santo (recordemos que hacía poco tiempo había Resucitado Cristo), fijando la mirada en el cielo ve la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha del Padre y afirmará: “Veo el cielo abierto y al Hijo del Hombre de pie a la derecha del Padre Dios”.
Esta fue la puntillada final para que aquel pueblo hostil, aquellas autoridades religiosas que se sentían dueñas de la verdad, firmaran o mejor, se lanzaran con toda dureza y crueldad contra el joven Esteban.
Nos dice una expresión muy pintoresca, dando un grito estentóreo, potente desde el alma se taparon los oídos, no querían escuchar la verdad que señalaba el joven Esteban. Y dice “que como un solo hombre la multitud se abalanzó sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad y allí, ya contra una pared, y sin que pudiera defenderse, comenzaron a apedrearlo”.
Llama la atención que los testigos, para tener más comodidad en el apedreamiento o lapidación del joven Esteban, dejaron sus capas, sus túnicas a los pies del joven Saulo.
Y nos preguntamos ¿por qué este perseguidor no apedreó también a Esteban? Y La respuesta es simple, Saulo era un fiel cumplidor de la ley farisaica y un menor de edad, y para ese momento era menor de edad no podía aplicar justicia, imponer justicia por su propia mano. Por eso, con seguridad, permítanme la expresión muy coloquial “se babeaba”, permítanme la expresión muy coloquial, “se babeaba por matar a Esteban”. Pero cumpliendo la ley farisaica y siendo menor de edad, no podía ejecutarlo a través del camino, la vía del apedreamiento.
Y mientras esto acontecía, encontramos dos actitudes profundamente contrarias. Mientras los malvados y crueles victimarios de Esteban veían la sangre en su rostro y en su cuerpo, los moretones y cómo caía bajo sus pies; por el contrario, Esteban pedía perdón a Dios por sus asesinos, diciendo: “No les tengas en cuenta este pecado”.
Y también en un acto de profunda confianza en Dios, dirá Esteban: “Señor Jesús recibe mi espíritu”.
Terminará la primera lectura de hoy afirmando “con estas palabras murió Esteban, y Saulo, (que lo conoceremos luego), aprobaba su ejecución, su martirio”.
Con razón el precioso salmo de hoy nos recuerda los días del Triduo Pascual cuando decimos: “A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”, recordando al primer mártir de la Iglesia y en tiempos de la Iglesia. Y como hay que decir cuando sintamos la cercanía y los gritos de los malvados de este mundo, digamos con mansedumbre y confianza: “A tus manos encomiendo mi espíritu, Tú, el Dios leal, me librarás, yo confío en el Señor. Tu misericordia sea mi gozo y mi alegría”.
Pero pasemos al Evangelio de hoy, en la continuación de este capítulo 6 de san Juan, El Discurso del Pan de Vida cuando la multitud pide signos a Jesús para que crean, para poder creer en Él.
Y afirmarán “que sus antepasados tuvieron un signo de Dios” (en el Antiguo Testamento), cuando llovió literalmente maná en el desierto. Cumpliéndose la Escritura “Pan del cielo les dio a comer”.
Pero Jesús les contestó: “No fue Moisés quien les dio el pan del cielo; sino que es el Padre Dios el que da el verdadero Pan del cielo. Que el otro era un pan, el maná para mitigar el hambre apremiante de cada hora, de cada día; pero el Pan verdadero, el Pan que es capaz de saciar la plenitud, o mejor, el hambre de vida que hay en todo ser humano, sólo lo puede dar la Persona del Padre Dios”.
Ante esta interpelación, algunos tal vez curiosos, otros ingenuos, le dirán: “Pues si existe ese Pan del cielo que es capaz de saciar toda hambre a lo largo de nuestras vidas, danos de ese Pan”.
Y es aquí que en Juan 6, 35 se da la más potente revelación de Cristo cuando dice: “Ese Pan soy Yo, esa vida nueva soy Yo”.
Y dirá de manera literal: “Yo soy el Pan de vida, el que viene a mí no tendrá hambre, ¡atención!, y el que cree en mí nunca más, nunca jamás volverá a tener sed”.
Hoy, cuando muchos influenciadores, muchas ideologías, muchos líderes políticos en campañas electorales dicen: “yo tengo la solución a tus problemas, yo tengo la salida a la encerrona en la que se ha convertido tu vida, yo soy la verdad para responder a los anhelos más profundos de tu corazón”.
Te diré que no sigas esos cantos de sirena, esa música del mundo, esos engaños. Porque a lo largo de los siglos, si conoces un poco de historia, sabes que doctrinas, ideologías y falsos profetas han pululado aquí y allí; pero solo en Cristo, como lo dirá en algún momento el apóstol Pedro: “Sólo en Cristo encontramos la Palabra de vida. A ¿quién buscaremos?, a ¿quién acudiremos? Sólo en Cristo encontramos la Palabra de vida eterna”.
Hoy escucha en tu corazón esta palabra. Cuando vayas a la Eucaristía y todos los evangelios de estos días nos conducen siempre a la Eucaristía (El Alimento Eterno). Hoy encuentra en tu Eucaristía más allá de si el sacerdote es joven o viejo, predica largo o corto, te parece un santo hombre o un pecador. Siempre él tendrá el poder, porque así lo ha dispuesto Cristo de traer a tu vida y a toda la comunidad el Pan Eucarístico. Aprende a recibirlo y a decir como la multitud ¡Señor, danos siempre de este Pan!
No te quedes, no te prives, no dejes de comer a Cristo, como lo veremos más adelante: “Sólo el que come su carne y bebe su sangre podrá habitar en Cristo y Cristo habitar en él”.
No te engañes. Nadie en el mundo como persona y nada en esta tierra como doctrina, ideología, pensamiento cultural, ninguna experiencia de esta vida humana podrá llenar el corazón humano; sino solamente Dios, manifestado de manera privilegiada y fascinante en el Pan de la Eucaristía que celebramos cada día.
Que el Señor te bendiga en abundancia en este día. En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.